

En estos días de tanto calor en Cuba me viene a la mente el que pasé hace unos cinco años en el continente cuyo clima y color se asocian más a las altas temperaturas: África.
Fue de enero a mayo del dos mil cuatro cuando estuve en Gambia y en Ghana, dos países de la llamada África Subsahariana a donde fui para reportar la labor de sendos contingentes de trabajadores cubanos de la salud que se encontraban dislocados en las comunidades más alejadas y pobres de esas naciones.
Aunque ha pasado un quinquenio el recuerdo de lo visto en aquellos parajes conserva la capacidad del asombrarme y muchas imágenes están clavadas en mi mente en una mezcla de sorpresa, fascinación y dolor.
No se me olvida que el 16 de abril me encontraba, junto a mi camarógrafo y al técnico de televisión, en Cape Coast, una pequeña y pintoresca ciudad marina de la República de Ghana a donde llegamos desde Takoradi bordeando por carretera la costa del Golfo de Guinea.
En Cape Coast existe uno de los tres hospitales que se construyeron en el gobierno de Jerry Rawlings. Los otros dos fueron instalados en Sunyani y en Ho, respectivamente.
El de Cape Coast es una moderna instalación sanitaria, con muy buen equipamiento y pocos médicos ghaneses y donde el servicio corría en su mayoría a cargo de los cubanos.
Debo confesar que lo que más recuerdo de aquel sitio no fue el bello hospital ni la maravillosa labor humana que mis compatriotas hacían allí, separados a miles de kilómetros de su familia y percibiendo solo 150 dólares al mes con los que debían sufragárselo todo.
Tampoco protagonizan mis evocaciones el grandioso Castillo de Elmina a solo 11 kilómetros de la ciudad y al que me llevaron dos veces, más en función turística que reporteril.
A quien tengo encajado en las entrañas de la conciencia es a otro Castillo, ubicado este en la misma ciudad de Cape Coast y que según me explicaron sus cuidadores fue construido a mediados del siglo XVII por los colonialistas europeos que por aquella época rivalizaban por el control de la Costa de Oro, que era como nombraban los holandeses y británicos al reino de Ghana.
Se le llama Castillo de Cape Coast y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Aquí es donde a veces las palabras juegan gramatical y semánticamente para mostrar la verdadera lógica de los sucesos a que se refieren porque fue precisamente la des humanidad de los que usaban el castillo lo que dio triste notoriedad a la imponente y añeja edificación.
Resulta que entre sus altos y fuertes muros de piedra encerraron a miles de negros de las tribus cercanas que eran cazados vivos para luego ser llevados como esclavos hacia América. Era un punto de tránsito, aunque no el único, de aquella oscura empresa que se llamó trata negrera.
El castillo tiene cientos de cuartos enrejados, más bien calabozos, donde permanecían hacinadas por varios días y hasta semanas aquellas personas cazadas como animales salvajes o compradas como mercadería. Muchos morían antes de que el fatídico barco llegara.
La luz y el aire en esos sitios eran, y son, muy escasas no así en un gran patio central interior donde los “cazadores blancos” apiñaban a las mujeres jóvenes para verlas mejor y escoger a aquellas de su gusto para satisfacer sus instintos sexuales más primarios.
Me contaron que a veces las “afortunadas” que quedaban preñadas recibían la irónica recompensa de quedar con sus crías en tierra como esclavas domésticas de los “blancos civilizados”, salvando por el momento sus vidas.
Recuerdo muy bien como el mar golpea fuerte contra los muros exteriores del Castillo de Cape Coast donde aún se conserva un sitio que es el emblema mayor de aquel crimen.
Cuando me abrieron la llamada puerta del no retorno ante mis ojos se batían con espumosa violencia las olas del Océano Atlántico y en mi memoria se revolcaron con inusitada presencia la impotencia, los gritos y la desgracia de los hombres, mujeres y niños negros a quienes un barco anclado justo debajo del umbral los llevarían para siempre, y sin regreso, a tierras desconocidas en las que regarían su sudor, sus lágrimas, su rebeldía, su cultura, su sangre y sus huesos.
El nombre del sitio es exacto. Era el no retorno a la tierra que les dio vida y sentido a su existencia, era el no retorno a la libertad de su cultura y modo de vivir cercenado en nombre de otra cultura que por ser más eficiente y fuerte en armas se creyó más civilizada.
Civilizados como los que llevaron a Holanda, conservada en formol, la cabeza del rey ghanés Badu Bonsu II quien fuera ahorcado y decapitado por los colonialistas tras una disputa con dos emisarios europeos.
La testa del monarca africano llevaba más de 170 años en un armario como parte de una colección de anatomía del Centro Médico Universitario de Leiden, Holanda, y recientemente fue devuelta a Ghana cuando sus autoridades la reclamaron tras ser descubierta por casualidad por Artur Japin, escritor holandés que investigaba para una novela histórica sobre dos princesas ghanesas.
La historia recuerda a la del negre de Banyoles, el guerrero africano disecado del museo Darder de Historia Natural, que tras casi dos siglos fue devuelto a Botsuana para ser enterrado.
Otro país muy civilizado país es Los Estados Unidos de Norteamérica cuyo actual presidente, Barack Obama, estuvo recientemente en el mismo Castillo de Cape Coast y donde dijo "Aquí comenzó gran parte del viaje de los afroamericanos. Volver simbólicamente junto a mi familia, con Michelle y nuestras hijas, ver el lugar en el cual todo comenzó. Pero también volver y celebrar junto a la gente de Ghana todo el avance que hemos logrado gracias a la valentía que muchos blancos y negros tuvieron para lograr abolir la esclavitud y todos tengan derechos civiles.
Creo que es una fuente de esperanza. Nos recuerda que por muy mala que sea la historia, es posible lograr una superación".
El señor Obama, el primer negro que llega a la presidencia de los EEUU, se daba cuenta de que por aquella fatídica puerta del no retorno bien pudieron partir, hace siglos, los ascendientes de su esposa Michelle y de sus dos hijas Malia y Sasha. No los de él que es de origen keniano.
Hizo bien la UNESCO en declarar el Castillo de Cape Coast como Patrimonio de la Humanidad, seguro por ser el testigo mudo de un crimen que no debe repetirse jamás y que sirve de lección para las actuales y futuras generaciones.
Hizo bien el presidente Obama en ir y reflexionar a ese simbólico y sagrado lugar de África que cinco años antes tuve la suerte de conocer para bien de mi alma y enseñanza de mi espíritu.
Quizá cuando le mostraron la puerta del no retorno sintió algo parecido a lo que yo sentí en abril del 2004 ante aquel emblema inmutable del crimen que es la esclavitud y de la que son frutos indirectos la esposa y dos hijas del gobernante más poderoso de la tierra
Es cierto, como dijo Obama que por muy mala que sea la historia, es posible lograr una superación".
También es cierto que para que exista una superación entre los hombres tiene que haber primero un reconocimiento de aquello que manchó la historia, la convivencia entre ellos y eso no puede hacerse desde las aceras de los vencedores ni siquiera desde las de las víctimas sino desde las de la verdad histórica.
Quizá en el futuro no muy lejano, otros norteamericanos, presidentes o no visiten y reflexionen en otros sitios que son símbolos de otros crímenes como la tortura y el genocidio, díganse Son My, My Lai, Abu Ghraib , Bagram, Guantánamo Bay, Hiroshima, Nagasaky y otros.
Por supuesto no le pidamos entonces a la UNESCO otros certificados patrimoniales ni debe ser necesario que antes los norteamericanos elijan un mandatario de origen árabe, musulmán, asiático o latino. Basta con que sea honesto.
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